“Una de la madrugada. Todavía respiraba.
Las dos en punto. Su respiración era tan superficial que el pecho apenas se movía.
Faltaba poco para las tres cuando partió para siempre. Precisamente en el segundo antes de su fallecimiento, Jean sintió que sus dedos apretaban la mano.
— Bésame — Le pareció oírlo decir.— ¿Gabriel?…— pero cuando miro, seguía con los ojos cerrados. Se acercó a él y, con suma delicadeza, le rozo los labios con los suyos. El débil apretón de manos se aflojó. Gabriel había dejado de existir.” |
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